BIOGRAFÍA


LA MESCOLANZA ESTÉTICA Y ALQUÍMICA DE PALOMAR 

por Oriol Pérez i Treviño

Con una trayectoria compositiva centrada, especialmente, en el mundo de la música sinfónica y la música escénica, el compositor Enric Palomar (Badalona, 1964) ha logrado erigirse en una auténtica presencia artística dotada de una personalidad musical incuestionable. Dentro de esta personalidad fluctúan, con sorprendente normalidad, pero también magistralidad, los universos sonoros de la llamada música clásica contemporánea, el jazz y el flamenco con el propósito que esta fluctuación se convierta en el reflejo del acerbo cultural hispánico. Éste, como es sabido, viene definido por una mescolanza entre los elementos árabe, mozárabe, mudéjar, judío, cristiano, popular y otros. Tal y como ha declarado en alguna ocasión el propio compositor, «España es el único país de Europa que vive bajo ese latido misterioso y alquímico de mezcolanzas». Posiblemente la mescolanza sea uno de los principales ejes que más expliquen la voluntad expresiva de Palomar, ya no sólo desde el punto de vista de su propio sustrato biográfico y formativo, sino también por su anhelo de vincularse a una tradición, (Manuel de Falla, Robert Gerhard) que está presente y tenida muy en cuenta en su obra.
Iniciado de adolescente en el mundo de la música de una forma autodidacta, pronto sus vínculos con el mundo musical del pop-rock lo trasladaron a la exploración del jazz, como herramienta de sofisticación de lenguaje. Desde ese nuevo ámbito, la audición de obras de Stravinsky, Debussy, Ravel o Bartók le puso sobre la pista de nuevos horizontes musicales. Este interés es el que localizamos, sin ir más lejos, en una de sus primeras composiciones: Interludio alegórico. Homenaje a Debussy (1993), reconocido con un Accèssit en el X Concurs de Composició de la Generalitat de Catalunya.
Si bien formado en el Conservatorio de Barcelona, podemos asegurar, sin embargo, cómo han sido su constante indagación, exploración y recepción de los universos sonoros de Falla, Gerhard, la música francesa o la actual música contemporánea (Henze, Dutilleux, Lutoslawski, Kurtág, Abrahamsen, Adès o George Benjamin, por destacar los más afines) así como su intenso oficio como arreglista, director musical y creador de composiciones afincadas en el mundo del jazz y la música popular, la que le han dado una sólida base que ha terminado proporcionándole el bagaje, las herramientas y el conocimiento necesarios para la tipología de proyectos en los que, en la actualidad, se mueve nuestro compositor.
Diferentes analistas y musicógrafos han señalado cómo la consagración y confirmación definitivas de Enric Palomar llegó en el año 2009 con su tercera ópera, y primera de gran formato, La cabeza del Bautista. Estrenada con gran éxito en el Gran Teatre del Liceu, y basada en un relato homónimo de Valle-Inclán, en esta ópera la crítica musical subrayó, precisamente, su sonido ibérico, el colorismo y vigor sinfónicos, el evidente sentido teatral y la dificultad en poder trazar una línea divisoria entre los elementos de la cultura popular y la alta cultura.
Dos años después del estreno liceísta, en 2011, llegaba el estreno del Piano Concerto en L’Auditori de Barcelona, con la participación del pianista Ivan Martín acompañado de la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya. En este concierto, Palomar incidía de forma desacomplejada con su voluntad de erigir a Falla y Gerhard como referentes en una obra rebosante de una escritura rica, compleja y de gran fuerza rítmica. En ese mismo año, el Festival Internacional de Granada acogió el estreno del ballet de gran formato Negro Goya, encargo del Ballet Nacional de España. Con una coreografía de José Antonio, la obra incidía en la última etapa artística del pintor Francisco de Goya en una nueva muestra, por parte de Palomar, del vínculo y diálogo con la tradición cultural hispánica.
Instalado en la ciudad de Berlín en 2014, en ese mismo año realizará su debut en la ciudad brandeburguesa con la ópera Bazaar Cassandra en la Neuköllner Oper de Berlín. Tras el estreno, en 2015, de dos nuevos ballets (Bodas de Sangre y Las Moiras), el año 2016 supuso un verdadero punto de inflexión en la carrera de Palomar al ver estrenado su Concerto for orchestra, encargo de la la Staatskapelle de Halle (Alemania). El crítico musical Roland H. Dippel escribió en la prestigiosa Das Orchester N. 9, 2016 como «el color y el contenido de esta partitura tienen una ambigüedad como en la Sinfonía alpina de Richard Strauss. Palomar y Strauss se parecen porque propulsan las metáforas y el contenido de sus obras como un caparazón de nuez sobre las olas imponentes de abundancia atmosférica y musical». Este estreno le propició el ser nombrado Artist in Residenz de la temporada musical de la Staatskapelle de Halle con el estreno, en el transcurso de la temporada 2017-2018, del ballet Inferno y del poema coreográfico Toxiuh Molpilia.
Ensimismado en los últimos años desde Berlín con la apertura de nuevas posibilidades compositivas a partir del universo flamenco, compone el Réquiem por el cantaor de los poetas (dedicado a la memoria de Enrique Morente) e inaugura su serie de Epigramas nazaríes (sobre fragmentos de poesía epigráfica de los muros de La Alhambra). Este primer ciclo fue encargado por los Barcelona Clarinet Players, pero Palomar ha expresado la voluntad de posterior investigación con otras formaciones instrumentales.
Su última aportación basada en el poeta Federico García Lorca fue Tres amores oscuros. Tríptico sinfónico para dos pianos, dos cantaores y orquesta sinfónica (2021). En esta obra los oyentes son inmersos en una atmósfera orquestal hipnótica y onírica, tan indisociable de la naturaleza poética lorquiana. Con gran dominio de los complejos orquestales, con influencias ligetianas incluidas y una escritura de orfebrería en los pianos, Palomar alcanza un diálogo sin complejos con lo mejor de la tradición del nacionalismo musical hispánico.
Desde la ciudad de Berlín, el compositor sigue también inmerso en la noble y alta labor artística de alcanzar una personalidad musical propia. Personalidad que ha sabido alcanzar desde el momento en que cualquier melómano, mínimamente formado, es capaz de distinguir en su música. Esto no excluye que Palomar no se vea empujado, por convicción y necesidad interior, a seguir explorando. Una exploración en la que Falla y Gerhard se mantienen como faros en un horizonte lejano, pero que no excluye la espontaneidad y el rigor a partes iguales, el saber orquestal y el profundo conocimiento de la actual creación musical.
Palomar ya lo ha conseguido en algunas ocasiones, pero éstas no son suficientes para que, diciéndolo con palabras del poeta T.S.Eliot:


el final de la exploración será
llegar al punto de partida
y conocer el sitio por primera vez.


Quizás la alquímia consista en eso. La de Enric Palomar también.